Miles de aficionados llenaron la Plaza del Pilar en Las Palmas de Gran Canaria para vivir una noche de euforia con una ciudad entregada al equipo de Luis de la Fuente.
La Selección Española de Fútbol volvió a sacar a todo un país a la calle. Este martes España entera fue una fiesta, y Las Palmas de Gran Canaria no se la quiso perder. Plazas, bares, casas… cualquier lugar alrededor de un televisor se convirtió en punto de reunión para miles de aficionados que, a eso de las 21:59, cantaron, bailaron y celebraron que España volvía a ser finalista de un Mundial.
Pero el encuentro empezó mucho antes. Todo el entorno de la playa de Las Canteras estaba ya totalmente inundado de camisetas rojas una hora antes del pitido inicial. El cielo también hizo su parte y la puesta de sol comenzó a dibujar un horizonte de tonos amarillos y rojizos que se intensificaban conforme se acercaba el inicio del encuentro. Todo parecía alinearse para una gran noche.
Terrazas, bares y restaurantes iban recibiendo a sus particulares hooligans, mientras que otros optaron por acercarse a la Plaza del Pilar, donde se instaló una pantalla gigante para seguir el encuentro. Las 500 sillas blancas habilitadas estaban completamente ocupadas y una multitud se agolpaba alrededor. Los más previsores llegaron con sus propias sillas: de playa, de madera, plegables… cualquier asiento servía para no perder detalle de la Selección.
El ya tradicional «Lo, Lo, Lo» del himno se entonó a pleno pulmón. Sin embargo, una vez el árbitro dio el pitido inicial, los decibelios descendieron. Alguna que otra desconexión puntual en la retransmisión elevó la tensión -aún más-, pero, al igual que España empezó a fluir con su juego, la Plaza del Pilar de Guanarteme comenzó a disfrutar de un partido que acabó siendo histórico.
El delirio llegó con el penalti provocado por Lamine Yamal, y se multiplicó con el gol convertido por Mikel Oyarzabal. Alguna que otra cerveza voló por el aire y los abrazos se mezclaban con la cara de incredulidad de los más pequeños, que comenzaban a vivir aquello que tantas veces les habían contado sobre Sudáfrica 2010.
Durante el descanso, un auténtico tsunami de cajas salió de la pizzería situada junto a la plaza. Los más previsores habían calculado al milímetro la hora de su pedido para no perderse ni un minuto del encuentro. Incluso quienes preguntaban «¿Quién es ese?» o «¿Qué ha pitado?» no querían apartar la vista de la pantalla.
Y en eso comenzó la segunda parte y todo el mundo volvió a sus puestos. A pesar de la ventaja, los gritos de ánimo y aplausos eran escasos. El respeto al rival era grande, al menos hasta que apareció Pedro Porro para dar una bocanada de tranquilidad a todo un país que comenzó a preguntarse: ¿Y si sí?
Lo cierto es que quedaba media hora por delante, pero más allá de los nervios por el escenario, durante el partido pocas acciones de sufrimiento real habían ocurrido. Los jugadores, con una tranquilidad pasmosa, parecían transmitir la misma sensación que se percibía desde la pantalla: un control absoluto de la situación.
El cariño que la afición grancanaria guarda a Pedri por su paso por la UD Las Palmas quedó patente cuando saltó al terreno de juego. Su aparición en pantalla fue lo más celebrado de la noche, con permiso de los dos goles. Y aunque Yeremi Pino no tuvo minutos, seguro que a menos de dos kilómetros de allí, en la Feria del Atlántico, más de un niño y más de un adulto infló el pecho de orgullo al pensar que uno de sus vecinos era finalista de un Mundial.
Los aficionados congregados en la Plaza del Pilar no terminaron de creer en el pase a la final hasta que comenzó el tiempo añadido. Fue entonces cuando estallaron los cánticos, los vítores y las celebraciones. Los siete minutos de descuento se hicieron eternos para más de uno, pero el pitido final desató una explosión de júbilo. España ya estaba en la final del Mundial.
Entonces comenzó a sonar Quevedo, convertido en la banda sonora de los últimos veranos y, durante este torneo, también en la de la Selección. A partir de ahí, distintos grupos tomaron el relevo de la celebración. Sonó el clásico «Yo soy español, español, español», no faltó el «Francés el que no bote» e incluso se formó una conga que recorrió parte de la Plaza del Pilar para festejar un nuevo éxito del combinado nacional.
España se citará con la historia este domingo para intentar coser la segunda estrella sobre el escudo. Será ante Inglaterra o Argentina, el último obstáculo antes de levantar la ansiada Copa del Mundo. La misma que alzaron Casillas en Sudáfrica, Lahm en Brasil, Lloris en Rusia o Messi en Catar. Y, una vez más, dos canarios volverán a estar presentes en un momento histórico para el fútbol español.
